lunes, 16 de diciembre de 2013

Capítulo IV - Nueva York

Jocelyn y Lucian no sabían a dónde ir, los carros pasaban velozmente frente a ellos como si no les importara atropellarlos.

Tal vez así era, de hecho, habían llegado a un mundo donde no podían existir.

Casi hipnotizada, Jocelyn se aferra al brazo de Lucian, porque estaba aterrada, todavía deseaba morirse, irse a donde estaba su hijo Jonathan, a donde Valentine lo había mandado cruelmente.

Ella todavía no podía creerlo, que el hombre que lo engendró, el hombre que tan dulcemente había estado con ella tantas noches dejándole a esa unión el regalo de amor que es un hijo… ese mismo hombre lo haya matado.
Las imágenes de la noche de bodas, en la mansión que Valentine había comprado para ella, golpeaban su mente en ese momento.

Ella esa noche temblaba, era tímida y virginal, y Valentine vestía un traje blanco tan elegante que parecía un príncipe. La besaba gentilmente en los labios, en su cuello haciéndola gemir, y poco a poco le quitaba la ropa, adueñándose de su virginidad…

Todo ese amor, algo que una mujer nunca olvidaba, su primer hombre, y el que la hizo madre: Se sacudió violentamente los recuerdos: ahora sólo había odio.  Ése, el que había engendrado en su vientre, se lo había quitado todo cruelmente.

Muerto, muerto, jamás podría borrarse de su mente la imagen del pequeño cadáver tirado junto al de sus abuelos.

La mano apretaba el brazo de Lucian mientras las corrientes de aire los sacudía fuertemente. Lucian la aparta de la autopista pues Jocelyn parecía estar dando pasos cada vez más cerca del peligroso transitar de los automóviles neoyorquinos.

-¿A dónde iremos ahora?-  al fin reacciona -¿A dónde iremos, Lucian? No tenemos nada- tenía los ojos perdidos y un inmenso deseo de morir.

No tenían dónde ir y no tenían dinero, que era lo que movía el todo mundo mundano.

Lucian se la llevaba por el borde de la autopista hasta llegar a un puente que iba a Manhattan. No sabían cuál era exactamente, porque no conocían ninguna dirección, no conocían los nombres de las calles o puentes de aquella enorme ciudad.

Y no tenían tiempo.

Los ojos de Lucian enseguida se clavaron en unobjetivo, y ante eso, hizo que se detuvieran junto a una valla mientras se mantenía en alerta:

-Espera aquí- le dijo a Jocelyn.

-¿A dónde vas??-

Jocelyn no entendía qué iba a hacer él. Sus ojos buscaron en la dirección hacia donde él tenía puesta su atención y distinguió que había un automóvil azul parado al borde de la autopista más adelante.

-¿Qué no es eso uno de esos policías de las calles?-balbuceó.

-Espérame aquí y no hagas nada- le ordenaba Lucian.

-Lucian ¿Qué haces?- ella le tomó del brazo otra vez–No te acerques a los mundanos-

-Espérame aquí, Jocelyn. Yo te cuidaré, te lo dije-

Ella ya sospechaba lo que él iba a hacer.

Había una patrulla estacionada en la autopista, probablemente vigilando o esperando atrapar algún prófugo o algo. En Nueva York, eso era muy común.

El gordo policía vestido de negro esperaba sentado tras el volante mientras oía en la radio las transmisiones de la comisaría. Estaba estacionado en un lugar donde solamente transitaban automóviles, es por eso que el hombre se sorprende cuando descubre que alguien venía caminando hacia él desde algún lugar de la orilla.

El policía se baja del automóvil y espera.

Un hombre muy extraño se acercaba a él efectivamente, y a pesar de que era joven y no tenía mal aspecto, al policía le dio muy mala espina.

Posó su mano sobre el arma y dijo:

-Oiga ¿Lo puedo ayudar en algo? Este no es lugar para transeúntes-

Lucian se acercó más sin decir nada, lo que puso en alerta al policía, y cuando Lucian al fin estuvo bajo la luz de una farola que le iluminaba todo el rostro,  el policía dio un sobresalto: el hombre joven tenía ahora otro rostro, un rostro demoníaco con encendidos ojos amarillos.

-¡Dios mío!- exclama a pesar de que jamás en su vida fue religioso ni mucho menos. Pero ante una visión tan antinatural como aquella solamente podía pensar en Dios.

Pero el policía no alcanzó a decir más nada porque Lucian le saltó encima con ferocidad  y en un dos por tres deja inconsciente al hombre de un zarpazo.

De no haber estado Jocelyn atrás observando todo, él hubiera matado al mundano y se lo hubiera comido, porque tenía mucha hambre. Pero Lucian jamás haría algo así frente a Jocelyn, lo avergonzaba demasiado.

-¡LUCIAN!!- ella gritaba horrorizada, ya no toleraba ver más violencia.

El policía herido e inconsciente queda tirado a un lado de su auto, Lucian rápidamente le quita las llaves, la cartera, todo lo quetenía encima y se monta en la patrulla, la enciende y el auto avanza para buscar a su amiga y compañera:

-Ven, rápido, móntate- la llama desde el auto- Vamos ¡No podemos quedarnos aquí!-

Ella obedece a pesar de todo, aunque no le quita los ojos al hombre herido tirado junto a la autopista, sintiendo naúseas.

-Estará bien, tranquila, no lo maté. Solamente necesitaba su dinero y su automóvil- le explicaba él.

-¿Por qué haces todo esto?-

-¿Qué?-

-¿Por qué haces todo esto por mí?- ella fue más directa –¿Por qué me salvas?-

-Porque somos amigos de toda la vida, por eso ¿Tú no harías lo mismo por mí?- 

-Supongo…- aquella pregunta la acongojó. Ella no había hecho nada para evitar que Lucian fuera mordido por un hombre lobo. Ella tampoco supo lo que Valentine había hecho con él, y si lo hubiera hecho estaba demasiado enamorada de su esposo como para pensar que estaba mal. Se sintió fatal.

-Lamento que hayas visto eso- reconoció Lucian muy avergonzado,todavía con rastros de sangre en sus manos. Jocelyn era un ángel hermoso y él en cambio era un animal, una bestia.

Manejaba sin rumbo por una calle transitada -Pero mira, tenemos algo de dinero-

-Robamos-

-No, robé yo, no tú-

Hicieron silencio. Él manejaba ahora con un destino en específico.

-No nos irá mal, ya lo verás. Aquí estamos mejor que en Idris. Éste es un mundo enorme, no nos encontrarán-

Ella parecía ensimismada, observando el paisaje que pasaba por la ventana. Era un lugar amenazante aunque decían que los mundanos no eran ningún peligro para un nefilim. Tal vez Lucian tenía razón, y estar con él la reconfortaba.

Y muy a tiempo se habían alejado ellos de allí, porque por el portal venían otros exiliados de Idris, atravesando mundos para llegar a Nueva York.


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